"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos". Jorge Luís Borges.
“Libertadores a mí me toca(ba)”
Las gradas corean tu nombre. Los fuegos artificiales cubren el cielo, que será testigo del duelo que vas a protagonizar en minutos. El técnico habla, da las últimas instrucciones. Sales del camerino y observas por primera vez a tu rival. Ese túnel que estás a segundos de recorrer para llegar al campo te separa de la gloria o del fracaso.
Mientras tanto, en la tribuna y en la popular, la emoción es desmedida. Todos han entendido su papel en este juego, comprenden que ésta es una noche de Libertadores. Así como el equipo se ha preparado, los fanáticos también lo han hecho. Ellos no conciben una temporada sin esta euforia, sin esta pasión, sin un encuentro de Copa Libertadores.
Pero, después de una derrota, ¿cómo le explicas a la hinchada lo que pasó? ¿Cómo le dices que has tropezado? En este punto del camino está el Caracas FC. Luego de once años manteniendo viva la ilusión de llegar a Japón, hoy al rompecabezas le falta una pieza. Todo pasó de un rojo intenso, a una sombra que no parece tener fin.
El encuentro con Peñarol ya se estaba jugando antes de que rodara el balón en Montevideo. Unos se sentían triunfalistas desde el sorteo, otros prefirieron tener cautela. Al final de los primeros noventa minutos, quedaron evidencias de que fue inútil el discurso de las canteras, pero que tampoco valió de nada la chequera porque el equipo le faltó espíritu y una idea clara de lo que querían hacer. De nada sirve tener los nombres si no hay un técnico que nos los sabe ubicar ni en el papel.
Del otro lado de la raya estaba un Peñarol que no se asemejaba a aquel equipo que luchó con el Santos FC por el máximo reconocimiento del torneo continental más viejo del mundo. Por lo momentos, no hay explicación de lo sucedido.
La gente quiere títulos, quiere ganar. Esta Libertadores se escapó. ¿Pasará lo mismo con este Clausura? Así como ocurrió con la Copa Sudamericana, la Copa Venezuela, el torneo Apertura 2010, Clausura 2011 y el Apertura 2011. Muchos alegarán que este proceso sí ha tenido éxitos: la undécima estrella. Sí, es cierto. Pero, ¿el fanático se tiene que conformar con eso y ver cómo el equipo va perdiendo carisma y jerarquía.
El Caracas FC tiene cosas de las que no disponen otros clubes del país: sede propia, casas club, una estructura organizacional a la disposición del equipo, técnicos preparados y una cantera que surte al resto de las instituciones deportivas del fútbol venezolano.
A esta altura del torneo Clausura, se ve lejos la próxima Libertadores para los rojos del Ávila. Pero aún falta camino por recorrer. Mientras tanto, los fanáticos estarán ahí, en las buenas y en las malas, esperando que pase un milagro en el partido de vuelta contra Peñarol y el Caracas pueda romper con los paradigmas.
Solo hay una cosa segura, la gente pide victorias y una copa.
La unidad entre el periodismo y el deporte es necesaria
Jueves en la noche. Estadio Universitario de Caracas. Los eternos rivales del beisbol criollo se enfrentan y la ciudad se paraliza. Los medios abren sus ediciones con datos, estadísticas e impresiones de los protagonistas. En cada esquina, en cada establecimiento u hogar, se comenta uno de los juegos más esperado en la temporada. En el estadio, la situación no cambia. Fanáticos de ambos lados defienden a su equipo, como si se tratara de un juicio en un tribunal.
A medida que se va desarrollando el juego, los debates aumentan. Los seguidores de ambos clubes se sienten con la potestad de aseverar cuál es el mejor. Pero el encanto del debate se termina cuando, especialmente en las redes sociales, los periodistas exponen sus argumentos.
Todos los días se libra una batalla de amor y odio, que le va cediendo espacios al resentimiento. Al parecer, el mismo intercambio de ideas no se puede dar con los profesionales de la comunicación que cubren la fuente deportiva. Aunque todos los días, cientos de usuarios, espectadores, oyentes o lectores buscan información relevante o de su interés en páginas web, periódicos impresos o programas de radio y televisión, y exigen análisis, no dan permiten opiniones contrarias a las suyas.
A esto nos ha llevado la situación polarizada del país. Ya los ciudadanos no admiten el debate como una forma efectiva de intercambio de ideas. Y a pesar de que nadie tiene la verdad absoluta, fanáticos y seguidores del deporte creen tener la razón.
Uno necesita del otro
Sin fanáticos, el deporte no tendría sentido. Los estadios estarían vacios y no habría razón para que jugadores y atletas quisieran exhibirse ante miles de personas que no existen. Los medios también necesitan de los fanáticos, necesitan ventas y anunciantes.
Sin embargo, los fanáticos también necesitan de alguien: de los medios de comunicación. Algunos preguntarán por qué. Y la respuesta podrá ser larga pero simple. Los seguidores del deporte no pueden estar en todos lados, no tienen acceso a ciertas áreas y si solicitan constante actualización, alguien lo debe hacer por ellos. Y ese alguien son los periodistas. Ellos son los ojos y los oídos de aquellos que disfrutamos del deporte.
Al César lo que es del César
Una buena costumbre del venezolano es generalizar. Con un mismo molde cortan a todos aquellos que creen que no tienen la razón. En este gremio hay personas preparadas, que han trabajado la fuente y tienen los argumentos para sostener una buena conversación. Personas que con profesionalismo se han ganado un puesto en la opinión pública.
Pero, paradójicamente, le dan más espacio a aquellos que destruyen, que difaman, que mienten, sólo porque la polémica y las peleas causan morbo. Y en ciertas ocasiones creen cierto lo que dicen ese tipo de personajes porque, según, “no tienen pelos en la lengua” para decir las cosas.
Hay algo que no puede olvidar el periodista y tampoco el fanático. Aunque se esté haciendo una cobertura de una actividad recreativa, esto sigue siendo periodismo y, por lo tanto, no se pueden olvidar los principios básicos de ética, responsabilidad y profesionalismo. Tan desgastada está nuestra sociedad que las personas toman como normal o aceptan que algunos profesionales de la comunicación no cumplan con esto.
¿Se debe exigir? Sí. Pero hay que saber cómo hacerlo. Y cuando se haga, hay que exigir calidad en la información pero también calidad en la forma de obtención de la misma. Acá no sirve el amiguismo, ni el ser mujer para conseguir más, ni ser presentador de un programa de televisión para darse a conocer o lograr alguna declaración. Se debe trabajar y forjarse un futuro.
Aquellos que siguen estudiando Comunicación Social o están por ingresar al mercado laboral deben saber escoger sus modelos. Eso puede marcar la diferencia.
A los fanáticos: la tolerancia es una virtud, un derecho y un deber que hay que saber usar. Hacerlo también puede marcar una diferencia.
La fama no los hace buenas personas
Andrea Fernández.-
Para un periodista, la escogencia de un personaje para una entrevista pasa por un análisis, una investigación y un proceso de empatía con el protagonista. Más allá de guiarse por la fama, el trabajador de la comunicación debe reconocer cuándo se está en presencia de una persona que brinde información útil y “jugosa” con la que se pueda hacer un buen material. Aunque en la universidad se dan algunas pistas para llevar a cabo con éxito este proceso, el instinto periodístico es el factor determinante para encontrar a un buen entrevistado.
A pesar de que puedan tener los pies en la tierra, los comunicadores, o los que están en camino a hacerlo, dejan que una mano protectora, experimentada y, algunas veces, desleal, de un editor o profesor los guíen hacia un buen material (o quizás no) y sobre todo, a alguien de fama con la excusa de “noticioso”.
Pero la fama no lo hace todo. No hace a las personas humanas, no las hace sensibles, ni respetuosa y menos, humildes. Y aunque esto no se ve, pasa más seguido de lo que se cree.
Antes del lluvioso viernes
Conseguir una entrevista con el comunicador social, productor de videos, cineasta, locutor venezolano (y muchos oficios más que faltarían páginas para describirlo), Henrique Lazo, no es sencillo, incluso para aquellos que ya están en el medio.
Tras correos amistosos y una que otra llamada impersonal, reunirse con él es todo un reto. Hay que prepararse, leer, saber que mientras terminaba su tesis pudo contactar en Europa a Arturo Uslar Pietri y que luego se convirtió en el productor de su programa Valores humanos, transmitido por RCTV. Hay que conocer las películas en las que ha trabajado, sus programas de radio. Hay que investigar su currículo porque de su vida se sabe poco. Aún así, proponerse entrevistar a Lazo siendo todavía un estudiante es todo una experiencia.
Su fama lo ha elevado como una persona digna de admirar. Lo han colocado en lo alto de una cúspide del éxito que lo ha alejado de la humildad y el respeto.
Durante viernes de la verdad
Quienes viven en Caracas sabrán que salir de Los Cortijos un viernes a las 3 de la tarde con el cielo clamando por lluvia, puede complicar cualquier plan. Y si llueve llegando a Las Mercedes, sitio de la reunión con el otrora profesor de Comunicación Social, puede ser un indicio de que algo no saldrá bien.
Cuando más se necesita llegar a un lugar, la capital venezolana pone más obstáculos que superar: lluvia, calles inundadas, huecos que no se ven porque se han convertido en una piscina pública que no parecen tener arreglo próximamente, avenidas sin nombre y peatones que corren de una esquina a otra para protegerse del inclemente aguacero que prometía durar más de lo pensado.
Gracias a las nuevas tecnologías, como los celulares inteligentes con internet, se puede saber de forma inmediata cualquier cosa, hasta la dirección de la estación radial La Mega 107.3 FM, sitio en el que Lazo transmite su programa A la cuenta de tres, junto a Iván Matta y Michelle Dernersissian de lunes a viernes de 5 de la tarde a 8 de la noche, y sitio de la tan esperada entrevista.
El locutor llegó justo para la hora acordada. Mientras esperaba a la estudiante, que caminó por más de hora y media en el centro comercial cercano dándole tiempo a su entrevistado para que llegara, aprovechó de conversar en la acera con personas de la radio sobre algún disco, una película nueva, la situación del país, fumarse un cigarro y mover su cabellera blanca que muestra el transcurrir de los años.
—“Hola, mucho gusto. Soy la estudiante de Comunicación social que lo contactó para la entrevista”—. Así comenzó el primer acercamiento, con una mano temblorosa que lentamente se unió a la de Henrique, quien no mostró ninguna sonrisa, ningún gesto de simpatía.
El pasillo de entrada del edificio de la estación de radio fue el escenario en el que Lazo (no) se mostró sin careta ante la estudiante. No ofreció un mejor sitio, no impidió que otras personas se acercaran a saludarlo para hablar del primer disco de la agrupación Lasso, cuyo vocalista es su hijo, no dejó de fumar sin importarle si a la penada estudiante le molestaba, ni se quitó sus lentes redondos estilo Jhon Lennon.
Sentado en el muro de piedras color beige que incomodan a cualquier visitante, con sus codos apoyados en las rodillas, viendo hacia el piso a través de sus lentes oscuros y otro cigarro en la mano derecha apuntando hacia la entrevistada, quiso dar inicio a la conversación.
Su primera frase: “¿Me imagino que vas a grabar todo lo que te estoy diciendo y lo vas a poner tal cual?”. La segunda vino acompañada de una cara de desconcierto, ceño fruncido y humo en la cara: “¿Y por qué me escogiste a mí?”. Aunque el periodista no debe justificar su trabajo, la entrevistada mostró su mejor sonrisa y con paciencia explicó el objetivo de su visita.
Mientras, el cielo se despejaba y mostraba un sol radiante capaz de secar cualquier pozo de agua que había quedado como evidencia de la torrencial lluvia; pero, el ambiente entre las dos personas en la puerta del edificio no mejoraba.
Todo empeoró cuando la estudiante con papel, cuaderno, lápiz y grabador en mano, preguntó, después de una anécdota para ella graciosa, su fecha de nacimiento. Siguiente interrogante: su infancia. Dos segundos más tarde había terminado la entrevista.
Lazo no permitió más. Levantó su esquelética cara e increpó a la estudiante con la pregunta “¿Qué clase de entrevista estás haciendo tú?”. “De personalidad” fue la respuesta que el enigmático hombre recibió. Dudó de la estudiante, insinuó que mentía sobre el propósito de su entrevista y no aceptaba que se había equivocado al responder sí a la solicitud que había recibido días antes para esta actividad.
El hermano de la actriz de teatro y televisión Mimí Lazo, no quiso desaprovechar la oportunidad para poner en duda el programa de estudio de la Universidad Católica Andrés Bello y el enfoque que la profesora encargada de dar Entrevista Periodística estaba proyectando en la materia.
Luego de levantarse, interrumpir la conversación un par de veces más para hablar con alguien que entraba o salía del edificio donde también se ubican las televisoras A&E y The History Channel, preguntar de forma sistemática el nombre de la estudiante porque no prestaba atención a la respuesta que recibía, comenzó a hacer alarde su fama dentro del medio periodístico. También de la cantidad de seguidores que tiene en Twitter, que según su percepción, son más que los que tiene el periódico para el que también trabaja actualmente, El Universal.
Después de compartir su “reflexión” en cuanto a números de seguidores, Henrique expuso una paradoja que seguramente hasta el día de hoy no ha analizado: él no concede entrevistas de personalidad, pero cree, según sus propias palabras, que es un experto haciendo lo mismo por Twitter, con algunos invitados que previamente programa.
El humo no dejaba de salir entre sus dedos. Cada vez eran más los cigarros que consumía. La distancia que caminaba era mayor. En ningún momento se preocupó por aquella estudiante que en el medio del pasillo pensaba que había fallado como persona y como periodista.
En el medio de sus palabras, que eran menos incomprensibles para la comunicadora en formación, insinuó que la joven no se había preparado lo suficiente al decir que si alguien no se prepara queda como un “idiota” frente a su entrevistado, inferencia que hizo sin haberle escuchado más de dos preguntas a la estudiante.
Ya cuando ella no soportaba más ideas al aire, más cigarro y tanta humillación, decidió partir. Cuando había caminado solo unos 100 metros, Lazo la volvió a llamar diciéndole por enésima vez “¿Andrea, verdad?”, para darle unos consejos y ser un superhéroe ante una persona que veía alguien que era capaz de ser admirado quedar como un completo arrogante sin corazón.
Después de aquel viernes lluvioso
Las lágrimas no tardaron en rodar por la cara redondeada de la periodista en crecimiento. Sus sentimientos se reducían a la ineptitud y desolación por el mal trabajo, y porque, además, no consiguió la entrevista que debía entregar 96 horas después. Así como Caracas se inundó, su corazón también.
En ese momento miles de pensamientos negativos cruzaron como carro de Fórmula 1 por su cabeza. Unos iban referidos a que no servía para la carrera; otros, a que no servía como persona.
Pasaron horas, algunos días, para que ella comprendiera que no estaba mal preguntar cosas que no se sabía, que es de humanos reconocer que no se nació con todos los conocimientos y que estaba dispuesta a aprender. Tardó en reconocer que ella no era la del problema y que, por el contrario, era la fama de Lazo y todo lo que han construido a su alrededor.
La fama no da indicios de lo que debe ser una persona, tampoco es sinónimo de simpatía y respeto como lo quieren vender. A este comunicador se le olvidó que él también fue estudiante, que alguna vez necesitó una mano amiga o una entrevista para un trabajo. A Lazo se le olvidó que tiene un hijo que, aunque lleve su apellido, también deberá pasar por cosas similares a las que vivió esta estudiante para poder ganarse un puesto en el mundo del espectáculo.
Henrique no recordó su época como profesor, la pedagogía con la que se tienen que tratar a los alumnos. No tuvo presente que estaba hablando con una dama, que más que cumplir con un trabajo quería saber de él. A él, se le olvidó que es humano por encima de famoso.
LEYENDA SIN RECONOCIMIENTO
Gaby Miranda supo pasear su calidad durante 15 temporadas por tres combinados venezolanos: Caracas, Italia y Táchira; así como el Atlante mexicano, el Emelec ecuatoriano y el Platense argentino. Su nombre se convirtió en sinónimo de gloria en el balompié venezolano
Andrea Fernández.-
Atrás quedaron los días del cabello largo enrulado y de levantarse temprano para ir a entrenar. También los momentos de escuchar a los fanáticos, la adrenalina de un gol y la angustia de la derrota. Lejos, quedaron las jornadas de gloria en el fútbol venezolano.
Pasaron, por lo menos, 1.460 días para que el uruguayo-venezolano comprendiera que su vida ya no estaba dentro de un rectángulo de juego, que ya no olería la grama recién cortada o la tierra de las canchas. Tuvieron que jugarse por lo menos cuatro temporadas para que uno de los mejores futbolistas de Venezuela entendiera que, en contra de su voluntad, tenía que marcharse de los camerinos y guardar la casaca que vestía.
A diez años de su retiro, todavía cree que no fue la manera de despedirse de un fútbol que le dio tanto a él y al que él le aportó aún más. Sus ojos siguen reflejando añoranza, pasión por una actividad que lo definió como persona y dolor por la poca consideración que le demostraron.
A diez años de su obligado adiós, él sigue estando orgulloso de ser Gabriel Miranda.
Todo comenzó por una amistad
Corría el año de 1985. Gaby tenía 17 años y jugaba fútbol en el Colegio Santo Tomás de Aquino. Su amistad con los hijos de Luis Mendoza, ex futbolista profesional venezolano y director técnico, le permitió ganarse la oportunidad de fichar con un equipo que, 22 años después, se convirtió en uno de los más ganadores del país.
Siendo todavía un adolescente, estampó su firma con el Caracas FC de RCTV y debutó bajo la tutela de “Mendocita” y el profesor Manuel Plasencia. A temprana edad apenas comenzaba su viaje y el “10” no conocía lo que le esperaba, sólo soñaba con triunfar.
Así comenzó su carrera, con una simple oportunidad que no quiso dejar pasar. Casi veinte años después nos pudiéramos preguntar: ¿Qué habría pasado si Gaby rechazaba la oferta de Luis Mendoza?, ¿hubiese surgido un jugador en esa época con esas características? Más de un seguidor del fútbol venezolano agradece que nunca tuvo que hacerse estas preguntas.
Aunque en 1985 no existía la obligación por regla de alinear a un juvenil en cancha, esto no fue necesario para que Gaby debutara casi de inmediato con el Caracas FC. Su nivel, su técnica y su madurez lo llevaron a codearse con los grandes desde muy pequeño.
Quienes lo vieron jugar y, particularmente, quienes lo dirigieron, comentan que era un jugador extraordinario, en todos los aspectos. Muy inteligente, pícaro y descarado cuando se enfrentaba a cualquier rival. Individual y a la vez colectivo. Era lo que necesitaba el equipo en cualquier momento. Llegaba con facilidad al área rival. A pesar de que tenía que luchar por un puesto con otros jugadores en ascenso, destacó por encima otros consagrados en el fútbol venezolano como Gerson Díaz, Ceferino Bencomo, Edgar Bolívar y Jhonny Barreto.
Durante sus primeros cuatro años como profesional fue adquiriendo experiencia y viviendo los procesos de transición por los que tuvo que pasar el equipo capitalino. Pero antes de que comenzara la temporada 1989-1990, decidió irse al Deportivo Italia con Luis Mendoza. El destino del club rojo era incierto. Los jugadores no sabían si la divisa iba a desaparecer o si, por el contrario, la iban a comprar. Como él, otros se fueron. Y los que se quedaron, tuvieron que esperar por una respuesta en los que seguramente fueron los días más largos de sus vidas.
96 horas antes del inicio de la nueva campaña, el dueño de Laboratorios Vargas, doctor Guillermo Valentiner, hizo una compra simbólica del club por 1 bolívar, evitando que la capital del país se quedara sin un representante en el fútbol nacional. Sin embargo, ya era tarde. Gaby estaba en el bando contrario. Luego, regresó al Caracas tras recibir el llamado, nuevamente, de Manuel Plasencia
Como si hubiese sido ayer
A diez años de su retiro, el “10” de la Selección nacional sigue ligado al fútbol. Sus hijos, de 10 y 8 años, lo practican y motivan a Gaby a acompañarlos a los partidos del Caracas FC en el estadio Olímpico de la Universidad Central de Venezuela. A veces, surgen algunas entrevistas y una participación en televisión, como la que iba a tener este día en Tves a las 7 pm con motivo a la inauguración de la Copa América 2011.
…
La tarde era perfecta, soleada y con brisa. Caracas ofrecía a sus conductores las típicas colas de un viernes en la tarde. Pero esto no fue impedimento para que Gabriel Miranda llegara puntual y en moto a la cita. Quienes sólo lo conocen por fotos, lo pueden identificar porque su cara no ha cambiado y su físico tampoco. Quizás se puedan confundir porque su cabellera ya no le llega a los hombros.
Con un café en la mano comenzó a hablar de su carrera. Su cara era seria; su voz, grave. Y era lógico, hablaba de su retiro. Luego pasó a hablar de lo bonito, de lo que construyó y de lo que dejó para la posteridad. Ahí, sus ojos se iluminaron, las sonrisas no tardaron en llegar y se relajó.
—¿Usted es deportista verdad?— le pregunta un hombre de 1.80 metros, bastón en mano, de aproximadamente 70 años. —Lo pude identificar. Es que necesito esa mesa porque ahí me puedo apoyar de la baranda. ¿Usted no tiene problema en cambiarse de mesa?— preguntó. Gaby sonrió, aceptó sin problema, se cambió de mesa y continuó hablando de sus quince años de carrera.
Aunque la persona de la tercera edad no lo reconoció totalmente, él confiesa que esto es algo común. Piensa que en Venezuela falta memoria y sentimiento de pertenencia hacia lo nuestro. Tras este inciso, continuó hablando de esa actividad que lo marcó de por vida.
La historia no terminó color de rosas
Su carrera comenzó y terminó con el mismo equipo: el Caracas FC. Allí estuvo para las temporadas 86-89, 90-95, 96-97 y 99-00. Cuando fue al Deportivo Italia, regresó. Pasó lo mismo cuando salió por primera vez del país con destino a México, después a Ecuador y a Argentina. Y también cuando fue a Táchira.
Siempre regresó a los Rojos del Ávila. Y estos, según cuenta el profesor Plasencia y hasta el mismo futbolista, no le brindaron una despedida digna. Este podría ser, quizás, el episodio más duro y fuerte por el que tuvo que pasar Gaby como futbolista.
Apartado por el técnico que sustituyó a Plasencia comenzando la década del 2000 y desavenencias con la gerente del club en ese momento, Elvia Mijares, lo llevaron a estar sin equipo seis u ocho meses. Ningún equipo atractivo llamó. Sólo algunos del interior y él no quería dejar la capital del país. La vida del futbolista cambió y de la nada tuvo que diseñar un plan B para mantener a su esposa y a su bebé de cuatro meses.
Años después, Plasencia cree que esta experiencia le sirvió al ex futbolista a pensar que no todo el mundo es leal en la vida. En una cancha de fútbol, donde también ha pasado toda su vida, el técnico comenta sobre la situación tan dolorosa que tuvo que superar Gaby:
“Realmente no se merecía salir por la puerta de atrás de una institución a la que le dio tantas cosas. También la institución le dio mucho a él; pero se merecía un partido de homenaje, un partido de despedida y terminar su carrera cuando él quisiera terminarla.
Si yo hubiese seguido como entrenador del Caracas, Gaby hubiese jugado un año más, por lo menos uno. Hubiese tenido el juego homenaje que él se merecía, como otros jugadores del equipo. Pero especialmente Gaby, porque él fue de las primeras figuras que llegó al equipo y que contribuyó con una cantidad de títulos importantes y hasta de recursos económicos, porque fue un jugador al que se le vendió varias veces. Fue rentable”.
La vida continúa
Los primeros cuatro años fueron difíciles para él. Después de haber estado vinculado al fútbol por década y media, irse en contra de su voluntad le costó aceptarlo. Probablemente, su compañero de equipo y padrino de uno de sus hijos, Gerson Díaz, le ayudó a superar este transe al comenzar con él un negocio de importaciones que le surte productos a supermercados. Ahora, ambos se desenvuelven en los negocios y no en un campo de fútbol.
En la actualidad, le toca guiar a sus hijos que quieren seguir sus pasos. Los instruye en casa sobre las técnicas que deben usar en la cancha. Pero también les dice que deben estudiar y prepararse para que no repitan la historia de su padre si llegan a dejar la carrera futbolística. A la par, les muestra fotos y videos de su paso por el balompié nacional, mexicano, ecuatoriano y argentino.
Con paciencia y orgullo les narra que después de la Copa América de 1995, que se disputó en Uruguay, varios equipos del continente lo llamaron: Deportivo Cali (Colombia), Estudiantes de la Plata (Argentina) y Atlante (México), y que se decidió por este último dado la oferta que le hicieron. Allá permaneció un año bajo la tutela de Ricardo La Volpe, actual seleccionador de Costa Rica, y compartió equipo con Hugo Sánchez y Jorge Campos, grandes glorias de aquel país. Al no clasificar a la liguilla que disputan en este país para conocer al campeón de la temporada, regresó a Venezuela.
Sí, una vez más regresó al Caracas FC. Así se lo cuenta a sus hijos y les dice que al año siguiente (1996) fue al Emelec de Ecuador, regresó al equipo de la Cota 905 y salió con sus maletas rumbo a Argentina para sumarse al Club Atlético Platense, equipo que hoy en día está en la categoría Primera B Metropolitana.
Su prioridad: la Vinotinto
Gabriel Miranda nació el 20 de agosto de 1968 en la capital de Uruguay. Cuando todavía no había entrado a la escuela primaria, sus padres decidieron cambiar sus vidas y emprender camino a Venezuela. Aquí creció como persona y como futbolista, y no se arrepiente de ello.
Nunca recibió el llamado de la selección de su país natal para jugar con ellos. Por el contrario, la Federación Venezolana de Fútbol sí lo contactó para el equipo Sub-20 de 1988. No lo pensó dos veces, se vistió de Vinotinto y así lo hizo por diez años después del primer llamado.
“Como estoy orgulloso de haber nacido en Uruguay, estoy orgulloso de tener la nacionalidad venezolana, de haber crecido en Venezuela, de haber crecido como futbolista aquí. Nunca tuve el llamado ni me planteé la posibilidad”, comenta a 23 años de haber vestido por primera vez la camiseta nacional.
Gaby hoy les describe a sus hijos los tres goles que marcó con la Vinotinto en diecisiete partidos disputados en la selección. Les comenta su participación en el Sudamericano Sub-20 de 1988, en la Copa América de 1995 y la de 1997, y en los Premundiales de 1994 y 1998, de Estados Unidos y Francia, respectivamente.
Profesión: futbolista. Nada más
Después de estar tantos años acostumbrado a una rutina, a una labor, Gaby no se ha podido imaginar que hubiese pasado con él de no haber sido futbolista. Su vida se centra en ello. Así pudo conocer varias ciudades del país y del continente. Así conoció a su socio y compadre. Así consiguió mil satisfacciones y algunos desencantos que lo formaron como persona.
Aún después de su retiro, sigue creyendo que la única vía era el fútbol, nada más. Probablemente hubiese estudiado, pero no se arrepiente de haber manejado las cosas como lo hizo para llegar a ser uno de los mejores futbolistas de la historia del país. Seguro, lo volvería a hacer todo igual de tener la oportunidad de comenzar de nuevo.
La humildad es lo primero
Los números lo avalan. Sus actuaciones con el Caracas FC y la Selección también. Muchas de las personas que siguen el fútbol venezolano desde la década de los ochenta, confirman que está el top tres de los mejores 10 del país. Pero esto para él es un halago. No un motivo de superioridad.
El utilero del Caracas, Gaetano Luongo; el profesor Manuel Plasencia; y varios periodistas de la fuente, consideran que su legado va a trascender en el fútbol local. Que su calidad y técnica quedará grabada en la retina de aquellos que lo vieron jugar. Pero esto es posible gracias a la calidad humana que transmite, su humildad, franqueza y respeto hacia los demás.
“Sin duda es digno de admirar”, repiten quienes siguieron su carrera.
…
Ya el largo cabello enrulado no cae sobre sus hombros. Tampoco se le puede ver vestido de short, casaca roja y tacos porque eso ya lo dejó de usar a principio de la década del 2000. Ahora se le puede ver recorriendo la ciudad en moto. Y quizás, hasta se puede hacer uno que otro negocio con él si se tiene un supermercado.
También se le puede ver en los partidos del Caracas FC como en la Copa Libertadores de este 2011, cuando fue a presenciar el encuentro entre los Rojos del Ávila y Vélez Sarfield de Argentina y se reencontró con buenos amigos como Noel “Chita” Sanvicente, actual técnico del Real Esppor, y Pedro Febles.
Aún piensa que su retiro no fue el más adecuado, pero eso no le impide sentirse orgulloso de lo que fue como futbolista, de lo que le dejó al país y al equipo de la familia Valentiner. Todavía se siente orgulloso de ser aquel ex futbolista que hasta siete años después de su retiro se mantenía como el máximo goleador de la institución en la que pasó el noventa por ciento de su carrera.
A diez años de su obligado adiós, él sigue estando orgullo de ser Gabriel Miranda.
Gaetano Luongo: más que un utilero
Cuando me asignaron realizar una entrevista de personalidad, pensé en hacerla con una persona famosa. Pero en el camino y después de una desagradable experiencia, me di cuenta que no es necesario que alguien sea popular para dejar huellas en quienes le rodean.
Comencé a evaluar a los posibles entrevistados y mi mente se topó con Gaetano, utilero del Caracas FC. Lo conozco por lo menos desde hace cuatro años y he aprendido a descubrir cómo detrás de su carácter, se esconde una gran persona.
Después de hablar durante casi una hora con él, salió esta gran entrevista que deseo compartir con ustedes. Aunque es larga, no tiene desperdicio.

Uno de los jugadores que más admira el ítalo-venezolano es al criollo Stalin Rivas
Gaetano Luongo: más que un utilero
Desde sus inicios en Central Madeirense, Gaetano ha estado ligado al balompié criollo por casi cuarenta años. Y aunque piensa en dar un paso a un costado para que la nueva generación se encargue de todo, seguirá manejando el andamiaje del equipo hasta que “el cuerpo aguante”
Andrea Fernández
Él no necesita ocultar su identidad detrás un antifaz. Tampoco tiene que usar un sobrenombre para cumplir con sus labores y salvar el día a día. Sólo usa su voluntad y sacrificio. Usar capa sería estrafalario y sin razón. Su arma es el buen trabajo y su uniforme, una simple camisa y un pantalón. Gaetano Luongo, el gran héroe del Caracas FC, es un hombre que ha cambiado su casa por una cancha para vivir su pasión por el deporte rey.
Aunque en muchas oportunidades no se aprecie los pequeños detalles que ocurren detrás de los éxitos de un equipo de fútbol, como los que hacen los utileros. Estos deben ser ordenados y detallistas, puntuales y obedientes, para que lo planificado en la cancha también se logre en los camerinos y en el almacén que contiene todo el equipamiento deportivo del club. Gaetano ha entendido esto y desde que comenzó en este puesto, ha llevado sus labores con bastante responsabilidad, así como todo héroe.
A pesar de que no se ve a sí mismo como tal, lo que realiza cada día es importante para que el primer equipo de los Rojos del Ávila esté bien uniformado, tenga todos los implementos en los entrenamientos y no se pierda nada en los camerinos.
Sus actividades comienzan a las 5 de la mañana cuando llega al Cocodrilos Sports Park en la Cota 905, búnker del Endecacampeón de Venezuela. Allí, ordena las camisas con sus respectivos shorts y pares de medias para que los jugadores tengan sus uniformes como corresponde. Luego, dispone los zapatos de los futbolistas en dos filas frente a la puerta del camerino. Después, y de acuerdo con las especificaciones del cuerpo técnico, lleva todo lo necesario a la cancha para realizar el entrenamiento del día. Además, hace el café para todos y, si es el entrenamiento de la tarde, busca golosinas para los entrenadores.
Esto lo debe repetir dos veces al día cinco días a la semana. Si al equipo le corresponder jugar de visitante en otra ciudad del país, deberá empacar lo mismo que usan en la rutina para usarlos en el campo del rival. Y si es en el exterior, deberá ser más cuidadoso con lo que está guardando.
País nuevo, vida nueva
Cuando su mamá dio a luz en San Giovanni A Piro, en la provincia de Salerno, el 4 de abril de 1959 no pudo predecir que uno de sus morochos iba a ser una pieza fundamental en un equipo de fútbol y que iba a viajar por el mundo encargándose de por lo menos una veintena de hombres como si fuera otro padre más.
Mucho menos pudo pensar seis años y medio después, que el llegar a Venezuela y crecer, Gaetano se involucraría con el fútbol e iba a ser querido por varias generaciones de jugadores.
Luongo, aunque recuerda poco de los quince días que pasó en barco que usó para salir de su pueblo natal, no puede borrar la imagen de la Caracas de la mitad de la década de los sesenta que lo recibió: “Esa época de Caracas, te digo… Uno se levantaba, nosotros que vivíamos en la calle de los laboratorios, salía a la puerta y agarrábamos el pan y la leche. Nadie la tocaba”.
Cuando llegó a tierras venezolanas, Gaetano no solo tuvo que adaptarse a una nueva ciudad; también, tuvo que conocer a un hombre que, momentos después, entendió que era su progenitor. “Yo conocí a mi papá en Venezuela porque cuando yo nací, él ya se había venido como inmigrante. Llamó a mi mamá y nos vinimos. Fue un choque porque lo único que conocía era a mamá”, explicó. “No conocíamos ni a nuestro papá y nos tuvieron que hacer entender que él era nuestro padre y que ahora este era nuestro hogar”.
Al año de haber pisado suelo criollo, comenzó su vida escolar en el colegio San José en la Carlota. Ahí tuvo la oportunidad de no alejarse de su lengua materna, pero le tocó la difícil tarea de aprender el español. De esos momentos, recuerda el rechazo del que fueron víctimas su hermana morocha, María, y él por ser extranjeros. Pero aclara que no todos fueron así: “Otros se acercaban a uno y terminaron siendo nuestros amigos porque estudiamos juntos el resto de los años. Todavía conservo varios amigos de esa época. Unos me dicen cuando me ven: ‘Te vi en el periódico’” (risas).
Gaetano, además, tuvo que aprender lo que es crecer en otro país pero, al mismo tiempo, qué significa que su familia también crezca: varios años después nacieron tres Luongo más. “Mi hermana y yo teníamos que cargarlos (a Nicola, José Gregorio y Giovanni), cuidarlos, cambiarles su pañal, que antes no eran desechables si no de tela y había que echarles su lavada (risas)”, comentó.
Esto, a su vez, lo llevó a trabajar desde muy joven. A los 13 años comenzó a lavar, llevar y reparar zapatos; y después se desempeñó como repartidor de repuestos. “Fue una época dura porque había que trabajar si se quería algo. No era mucho pero alcanzaba. Mi papá no ganaba suficiente pero nos mantenía a todos”. Luego, continuó recordando: “Después de clases limpiaba zapatos o hacía mandados, limpiaba las escaleras del edificio donde estábamos o lo que nos mandaran”.
Comenzó a nacer el héroe
Como todo niño, completó la primera y la secundaria, pero decidió seguir trabajando y abandonar su vida escolar. Continuó en la venta de repuesto, ascendió de motorizado, a almacenista y por último a vendedor, puesto en el que pasó diez años. Luego, estuvo en una compañía que instalaba subestaciones eléctricas y en paralelo, comenzó en el mundo del fútbol.
Aunque se confesó ser muy mal jugador del deporte rey, quiso involucrarse con otras cosas de esta disciplina. Solo tenía 16 años (1975) cuando emprendió su camino dentro del balompié criollo. Empezó con el Central Madeirense gracias a la invitación del Sr. Vieira y Argenis Padrón, encargados del equipo ibérico. Allí tuvo que forjar la personalidad fuerte que exhibe hoy en día y aprender que el fútbol es más que un simple deporte.
Gaetano relata que de lunes a viernes participaba en la compañía de instalaciones eléctricas, y los fines de semana cumplía con sus labores de utilero y delegado del club. Como un superhéroe, llevaba una doble vida. Hasta que después, se dedicó completamente al club que le dio su primera oportunidad.
De esos 25 años en el Madeirense, recuerda la adaptación al grupo y a un jugador en específico, a Gustavo “Cata” Roque. “La adaptación en esa época por mi edad no fue difícil. Los jugadores, que eran mayores que yo, me enseñaron lo que yo debía ser y hacer porque uno no puede llegar de la noche a la mañana y decir: ‘Aquí estoy yo’, y ya, listo. No. Me ayudaron a entender cómo me tenía que adaptar a ellos. A veces me tenía que aguantar mis regaños, lo que me dijeran. Cata Roque (Gustavo), el hijo de Cata, tenía un temperamento muy fuerte. Entonces como uno era un pelao’ (sic), quería encararlo a uno pero me le enfrenté y dije: ‘Este sí es arrecho’” (risas).
Y como buen utilero también tuvo que aprender a cómo lidiar con los directores técnicos, personajes que según su entender, son los que se llevan la peor parte de la presión que siente el equipo: “Con ninguno he tenido un inconveniente, porque es como dicen, hay muchos técnicos. Muchos pasan, muchos regresan. Entonces uno no puede llevarse mal con ellos. Eso es lo que yo le digo a todos mis compañeros. Porque también hay que entender por lo que pasa un técnico. De todos lados te van a matar: si no es la prensa, son los fanáticos, si no es la directiva”.
El héroe llegó para quedarse
Gaetano dividió sus últimos momentos en el Madeirense a finales de la década de los ochenta con el equipo de Radio Caracas, que posteriormente se llamaría Caracas FC, y la compañía de instalaciones eléctricas. Para cumplir con todo, le pedía a uno de sus hermanos que “matara un tigrito” con uno de los equipos para que nada se le se escapara.
En la transición de Caracas-Yamaha a Caracas FC, Gaetano fue fundamental en la conformación del grupo que iba a estar bajo la custodia de la familia Valentiner, al ir a la Hermandad Gallega, el Pedagógico y al mismo Central Madeirense para que los jugadores firmaran sus traspasos o transfer, buscar las pelotas y los nuevos uniformes.
Allí, con los Rojos del Ávila, Luongo terminó de establecerse como utilero y luego, jefe de este cargo, para enseñar a los más jóvenes cómo desempeñar estas labores en un equipo tan grande. Pero esto no ha quedado aquí. Para los jugadores que han pasado por la fila de los avileños, Gaetano es una leyenda viva del club, un héroe que resuelve en los casos más extremos y una pieza fundamental para que todo marche bien.
En sus 22 años con los rojos, ha sido testigo de once títulos de primera división, nueve participaciones en Copa Libertadores, una participación en Copa Sudamericana, una final de la Copa Merconorte y cinco títulos de Copa Venezuela.
Más allá de los triunfos, esto le ha permitido a Luongo crecer como persona. Cuando recuerda su llegada al club, lo hace con cariño y una gran sonrisa, que acentúa su piel ya arrugada por todos los rayos de sol que ha recibido por estar en la cancha.
“Aprendí mucho de todos los jugadores. Me dijeron cómo me tenía que comportar, cómo los tenía que tratar. Todos me han enseñado. Todos, hasta Stalin Rivas, que es un jugador que rompe; Gaby Miranda, Roberto Cavallo, que yo le decía que era un poeta; Carlos García, David McIntosh. Pero si me pongo a nombrar jugadores vamos a perder toda la mañana y toda la tarde” (risas).
Pero hay un jugador que recuerda con más ilusión, ese futbolista que fue clave para que su trayectoria como utilero sea tan exitosa: el chileno Juan Carlos Letelier, jugador que estuvo una sola temporada con los avileños y marcó el gol para la primera victoria del rojo en condición de visitante en Libertadores (1993), que coincidencialmente es el viaje que más ha recuerda Gaetano.
“Él fue el que me dijo: ‘Esto es así, así y así. Ten personalidad con todos los jugadores’. Este veterano, en ese entonces ya mundialista, me dijo: ‘Esto es así. Si quieres, agárralo’. Y yo lo agarré y gracias a Dios me ha ido bien hasta ahora”.
Si se le pregunta por un recuerdo o por una experiencia peculiar, se ríe. Para él, son tantas las cosas que ha vivido que todo lo ha ayudado a crecer. Señala con particular entonación su primer viaje a Perú, su primera billetera perdida, la confianza que le dio el club para viajar con una gran cantidad de dinero sin saber lo que llevaba o el partido frente al Real Potosí para el que tuvieron que usar tres aviones y un autobús para llegar allá, y lo mismo para regresar.
Como todo héroe, no distingue clase social, raza o edad. Para él, todos los jugadores son profesionales con los que debe trabajar. Y a pesar de su fuerte carácter y las pocas sonrisas que puede dejar ver en el campo, él es “un amigo fiel” como dirían en Toy Story.
El héroe también es hombre
Hablar sobre el deporte rey es lo que más hace Gaetano, pero pocos conocen algo más sobre este héroe que ha tenido que equilibrar su vida personal para combinarla con el fútbol. Y así como le ocurre a esos héroes, el utilero rojo ha dejado la parte sentimental y familiar a un lado para cumplir con lo que le toca, porque “el deber llama”.
Aunque a los demás les parezca divertido estar casi 24 horas con un equipo de fútbol y viajar por el mundo con ellos, a Gaetano le ha costado un matrimonio y, en general, una familia.
“Yo soy divorciado y después me volví a casar, porque por los viajes y todo esto no aguantaron el trote”, acotó moviendo las manos de forma nerviosa entre las llaves que resguardan todos los camerinos del club. “Fue muy dura la separación. Pero mi actual esposa, Vicky, me ha entendido y ha aguantado el trayecto”.
“Uno se casa con el fútbol, porque vive más en la cancha que en la casa. Uno está de lunes a lunes en la cancha. Si no viajas, estás acá hasta el viernes. Sábado, concentración. Sales el domingo en la noche casi a las 10, 11 de la noche. El lunes otra vez en la mañana temprano acá (Cocodrilos Sports Park) porque vienen a entrenar los que no jugaron y los que no fueron convocados ni con Segunda. Pasas todo el día acá. Sales a las 7, 8 de la noche. Llegas a cenar, a bañarte y a dormir otra vez, para pararte de nuevo en la madrugada para trabajar”. Conclusión: una vida difícil.
Y a esta larga lista de sacrificio se le debe agregar el no ver crecer a sus cuatro “artículos para caballeros” de 24, 22, 17 y 2 años, y no compartir con el resto de sus hermanos y su mamá, que aún vive.
“Yo me reúno muy poco con la familia porque el trabajo me agota porque, como dicen, yo vivo para el trabajo. Ellos tratan de ser más flexible, también por mi carácter” (risas).
Con agilidad de héroe
- ¿Qué es lo menos que te gusta comer?
“El pollo, no importa cómo me lo sirvan”
- ¿Un título que has disfrutado más?
“La décima copa. Fue bastante fuerte llegar ahí y gracias a Dios se logró”.
- ¿Cuáles han sido los países de lo que has conocido con el Caracas que más te han gustado?
“De todos los países que he visitado, los que más me han gustado son Brasil y Suiza. Ojalá existan más Suizas en Latinoamérica”.
- ¿De no haber sido utilero, qué profesión estuvieras desempeñando?
“Si no me hubiese involucrado en el mundo del fútbol, hubiese seguido como vendedor de repuestos y hubiese montado mi propio negocio. O hubiese montado una licorería, el licor es dañino pero en Venezuela estamos acostumbrados a tomar la cervecita o el roncito”.
- ¿A cuáles jugadores admiras?
“A Rossi, Pelé y Garrincha. En el fútbol venezolano a Stalin Rivas, un jugador carismático. También Gaby Miranda y Gerson Díaz, que fueron grandes jugadores y grandes personas”.
¿El adiós de un héroe?
Como a todo héroe, a Gaetano también le toca su jubilación. Aunque no piensa que puede ser tan apresurado, él cree que “ya está llegando la hora de tirar la toalla, pero no tirarla porque sí, sino porque el cuerpo hay ciertas cosas que no aguanta más”.
Gaetano, además de ser el utilero principal, ha entrenado a la nueva generación de utileros que lo puedan reemplazar sin ninguna mortificación. A pesar de que para él, todavía estos tienen mucho que aprender, se siente orgulloso y lo deja claro, del crecimiento que ha tenido el departamento de utilería gracias a los conocimientos que imparte.
Con suspiros ya piensa en el retiro, en su familia y en los días libres que puede tener una vez que piense dejar a un lado las llaves de sus camerinos y cuelgue, literalmente, los tacos.

